Tifón, huracán, ciclón... ¿qué diferencia hay?

Un fuerte tifón que azotó Hong Kong en 2013 provocó la muerte de al menos treinta personas, obligó a evacuar a varios miles de la China continental, y provocó la cancelación de cientos de vuelos.

El tifón Usagi (conejo en japonés) fue más fuerte de 2013. Fue clasificado como severo, ya que los meteorólogos detectaron rachas de hasta 260 kilómetros por hora.

Si nunca has vivido en Asia, tal vez te preguntes qué se siente al experimentar un tifón, pero si has sobrevivido a un huracán o a un ciclón, ya sabes la respuesta.

Esto se debe a que huracanes, ciclones y tifones son el mismo fenómeno meteorológico, solo que los científicos llaman a estas tormentas de distinto modo según el lugar donde se producen.

En el Atlántico y el Pacífico norte, las tormentas se llaman huracanes en honor al dios caribeño del mal.

En el Pacífico noroccidental estas mismas tormentas fuertes se llaman tifones. En el Índico sudoriental y el Pacífico sudoccidental se las llama “ciclones tropicales severos”.

En la zona norte del Índico se llaman “tormentas ciclónicas severas”, y en el Índico sudoccidental son simplemente “ciclones tropicales”.

Para ser clasificada como huracán, tifón o ciclón, una tormenta debe generar vientos de al menos 119 kilómetros por hora.

Si el viento huracanado alcanza la velocidad de 179 kilómetros por hora, se convierte en un huracán intenso.

Si un tifón llega a los 241 kilómetros por hora, como el caso del Usagi, se convierte en “supertifón”.

Distintas estaciones

Mientras que la temporada de huracanes en el Atlántico va desde el 1 de junio hasta el 30 de noviembre, la temporada de tifones y ciclones sigue un patrón ligeramente distinto.

En el Pacífico nororiental, la temporada oficial va del 15 de mayo al 30 de noviembre. En el Pacífico noroccidental, los tifones son más frecuentes desde finales de junio hasta diciembre. Y en el norte del océano Índico hay ciclones entre abril y diciembre.

Se llamen como se llamen, estas fortísimas tormentas son fenómenos naturales capaces de crear grandes desastres.

Según el Centro Nacional de Huracanes estadounidense (NOAA), el ojo del huracán (la zona central en calma en la que la presión atmosférica es menor y la temperatura del aire mayor) suele tener de media un diámetro de unos 48 kilómetros, aunque algunos llegan a medir 200 kilómetros de ancho.

Las tormentas más fuertes, equivalentes a la Categoría 5 en la escala Saffir-Simpson, tienen vientos que superan los 250 kilómetros por hora.

Con la ayuda de satélites y modelos informáticos, estas tormentas se pueden predecir con varios días de antelación, y su seguimiento es relativamente sencillo. Pero tal como quedó claro con el huracán Sandy, predecir el rumbo que seguirá un huracán, ciclón o tifón una vez formado sigue siendo difícil.

Posible efecto del calentamiento global

En los últimos años, los científicos han debatido la posibilidad de que el calentamiento provocado por el hombre esté afectando a los huracanes, haciéndolos más fuertes o más frecuentes.

En teoría, una temperatura atmosférica más elevada provocaría un aumento de la temperatura de la superficie del mar, lo que a su vez generaría huracanes más fuertes.

El número de huracanes de las categorías 5 y 6 prácticamente su duplicó entre la década de 1970 y principios del nuevo siglo. Además, tanto la duración de los ciclones tropicales como la velocidad máxima de sus rachas de viento han aumentado en un cincuenta por ciento durante los últimos cincuenta años.

Aún así, no hay consenso científico acerca de si hay o no relación entre el cambio climático y los huracanes.

“La velocidad máxima del viento de los ciclones tropicales probablemente suba, aunque esto tal vez no suceda en todos los océanos”, informa el informe de 2012 del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático.

“Es probable que la frecuencia global de ciclones tropicales disminuya o permanezca sin cambios importantes.

 

Fuente: Nat Geo